Los que se quedaron, en un principio tenía el objetivo de ayudar a la humanidad
a evolucionar más rápido. Sin embargo, este objetivo se vio corrompido por la
visión de que éramos inferiores y por lo tanto tendríamos que obedecer. En esta
parte, de acuerdo a la teoría, se creó un sistema integral de ilusión, que la
teoría no puede explicar muy bien de que se trata y, si es sólo un concepto
filosófico o un sistema real, la teoría, sin embargo, deja en claro que todos
somos rehenes de la misma y que sólo unos pocos de nosotros han sido
seleccionados sustentar esta ilusión y saber cuál es la verdad detrás de todo
este teatro, lógicamente, los conocedores del secreto serían marionetas
necesarias para mantener el plan de dominación.
Probablemente la teoría sea una de las ramas creadas después de la
publicación del libro “Chariots of the Gods?” de Erich Von Däniken que levantó
una verdadera religión entre los aficionados.
Si ya te quedaste picado, y si aun no lo lees, te remendamos el Creepypasta El Gen
Perdido, que trata precisamente de este asunto.
Escasos
de mano de obra, los astronautas utilizaron la ingeniería genética para darle
forma a los Trabajadores Primitivos - el Homo sapiens. Más tarde, el Diluvio
barrió la Tierra en una inmensa catástrofe que hizo necesario un nuevo
comienzo; los astronautas se convirtieron en dioses y le concedieron la
civilización a la Humanidad, transmitiéndosela a través del culto. Después,
hace unos cuatro mil años, todo lo conseguido se desmoronó en una catástrofe
nuclear provocada por los visitantes en el transcurso de sus propias
rivalidades y guerras.
Todo lo ocurrido en la Tierra, y especialmente los acontecimientos acaecidos
desde el inicio de la historia del ser humano, lo ha recogido Zecharia Sitchin
en su serie de Crónicas de la Tierra, a partir de la Biblia, de tablillas de
arcilla, de mitos de la antigüedad y de descubrimientos arqueológicos. Pero,
¿qué ocurrió antes de los acontecimientos en la Tierra, qué ocurrió en el
propio planeta de los astronautas, Nibiru, que les llevó a los viajes
espaciales, a su necesidad de oro y a la creación del Hombre?
¿Qué emociones, rivalidades, creencias, morales (o ausencia de éstas) motivaron
a los principales protagonistas en las sagas celestes y espaciales? ¿Cuáles
fueron las relaciones que llevaron a una escalada de la tensión en Nibiru y en
la Tierra, qué tensiones surgieron entre viejos y jóvenes, entre los que habían
llegado de Nibiru y los nacidos en la Tierra? ¿Y hasta qué punto lo sucedido
vino determinado por el Destino -un destino cuyo registro de acontecimientos
del pasado guarda la clave del futuro?
¿No sería prometedor que uno de los principales protagonistas, un testigo
presencial que podía distinguir entre Suerte o Hado y Destino, registrara para
la posteridad el cómo, el dónde, el cuándo y el porqué de todo, los Principios
y los Finales?
Pues eso es, precisamente, lo que algunos de ellos hicieron; ¡y entre los
principales de éstos estuvo el líder que comandó el primer grupo de
astronautas!
Tanto
expertos como teólogos reconocen en la actualidad que los relatos bíblicos de
la Creación, de Adán y Eva, del Jardín del Edén, del Diluvio o de la Torre de
Babel se basaron en textos escritos milenios antes en Mesopotamia, en especial
escritos por los sumerios. Y éstos, a su vez, afirmaban con toda claridad que
obtuvieron sus conocimientos acerca de lo acontecido en el pasado (muchos de
ellos de una época anterior al comienzo de las civilizaciones, incluso anterior
al nacimiento de la Humanidad) de los escritos de los Anunnaki («Aquellos Que
del Cielo a la Tierra Vinieron»), los «dioses» de la antigüedad.
Como resultado de un siglo y medio de descubrimientos arqueológicos en las
ruinas de las civilizaciones de la antigüedad, especialmente en Oriente
Próximo, se han descubierto un gran número de estos primitivos textos; los
hallazgos han revelado un gran número de textos desaparecidos -los llamados
libros perdidos- que, o bien se mencionaban en los textos descubiertos, o se
inferían a partir de ellos, o era conocida su existencia debido que habían sido
catalogados en las bibliotecas reales o de los templos.
En ocasiones, los «secretos de los dioses» se revelaron en parte en relatos
épicos, como en la Epopeya de Gilgamesh, que desvelan el debate que tuvo lugar
entre los dioses y que llevó a la decisión de que la Humanidad pereciera en el
Diluvio, o en un texto titulado Atra Hasis, que recuerda el motín de los
Anunnaki que trabajaban en las minas de oro y que llevó a la creación de los
Trabajadores Primitivos -los Terrestres. De cuando en cuando, los mismos
líderes de los astronautas fueron los que crearon las composiciones; a veces,
dictando el texto a un escriba, como en el titulado La Epopeya de Erra, en el
cual uno de los dos dioses que desencadenaron la catástrofe nuclear intentó
inculpar a su adversario; a veces, haciendo de escriba el mismo dios, como
ocurre con el Libro de los Secretos de Thot (el dios egipcio del conocimiento),
que el mismo dios había ocultado en una cámara subterránea.
Según la Biblia, cuando el Señor Dios Yahveh le dio los Mandamientos a su
pueblo elegido, los inscribió en un principio por su propia mano en dos tablas
de piedra que le entregó a Moisés en el Monte Sinaí. Pero, después de que
Moisés arrojara y rompiera estas tablas como respuesta al incidente del becerro
de oro, las nuevas tablas las inscribió el mismo Moisés, por ambos lados,
mientras permaneció en el monte durante cuarenta días y cuarenta noches,
tomando al dictado las palabras del Señor.
Si no hubiera sido por un relato escrito en un papiro de la época del faraón
egipcio Khufu (Keops) concerniente al Libro de los Secretos de Thot, no se
habría llegado a conocer la existencia de ese libro. Si no hubiera sido por las
narraciones bíblicas del Éxodo y el Deuteronomio, nunca habríamos sabido nada
de las tablas divinas ni de su contenido; todo esto se habría convertido en
parte de la enigmática colección de los «libros perdidos» cuya existencia nunca
habría salido a la luz. Y no resulta tan doloroso el hecho de que, en algunos
casos, sepamos que hayan existido determinados textos, como que su contenido
permanezca en la oscuridad. Éste es el caso del Libro de las Guerras de Yahveh
y del Libro de Jasher (el «Libro del Justo»), que se mencionan específicamente
en la Biblia. En al menos dos casos, se puede inferir la existencia de libros
antiguos (textos primitivos conocidos por el narrador bíblico).
l capítulo 5 del Génesis comienza con la afirmación «Éste es el libro del
Toledoth de Adán», traduciéndose normalmente el término Toledoth como
«generaciones», pero su significado más preciso es «registro histórico o
genealógico». De hecho, a lo largo de milenios, han sobrevivido versiones
parciales de un libro que se conoció como el Libro de Adán y Eva en armenio,
eslavo, siriaco y etíope; y el Libro de Henoc (uno de los llamados libros
apócrifos que no se incluyeron en la Biblia canónica) contiene fragmentos que,
según los expertos, pertenecieron a un libro mucho más antiguo, el Libro de
Noé. Según la Biblia, cuando el Señor Dios Yahveh le dio los
Mandamientos a su pueblo elegido, los inscribió en un principio por su propia
mano en dos tablas de piedra que le entregó a Moisés en el Monte Sinaí. Pero,
después de que Moisés arrojara y rompiera estas tablas como respuesta al
incidente del becerro de oro, las nuevas tablas las inscribió el mismo Moisés,
por ambos lados, mientras permaneció en el monte durante cuarenta días y
cuarenta noches, tomando al dictado las palabras del Señor.
Si no hubiera sido por un relato escrito en un papiro de la época del faraón
egipcio Khufu (Keops) concerniente al Libro de los Secretos de Thot, no se
habría llegado a conocer la existencia de ese libro. Si no hubiera sido por las
narraciones bíblicas del Éxodo y el Deuteronomio, nunca habríamos sabido nada
de las tablas divinas ni de su contenido; todo esto se habría convertido en
parte de la enigmática colección de los «libros perdidos» cuya existencia nunca
habría salido a la luz. Y no resulta tan doloroso el hecho de que, en algunos
casos, sepamos que hayan existido determinados textos, como que su contenido
permanezca en la oscuridad. Éste es el caso del Libro de las Guerras de Yahveh
y del Libro de Jasher (el «Libro del Justo»), que se mencionan específicamente
en la Biblia. En al menos dos casos, se puede inferir la existencia de libros
antiguos (textos primitivos conocidos por el narrador bíblico).
l capítulo 5 del Génesis comienza con la afirmación «Éste es el libro del
Toledoth de Adán», traduciéndose normalmente el término Toledoth como
«generaciones», pero su significado más preciso es «registro histórico o
genealógico». De hecho, a lo largo de milenios, han sobrevivido versiones
parciales de un libro que se conoció como el Libro de Adán y Eva en armenio,
eslavo, siriaco y etíope; y el Libro de Henoc (uno de los llamados libros
apócrifos que no se incluyeron en la Biblia canónica) contiene fragmentos que,
según los expertos, pertenecieron a un libro mucho más antiguo, el Libro de
Noé.
Encajando
muchos detalles, ambos sacerdotes hicieron entrega de relatos de dioses del
cielo que habían venido a la Tierra, de un tiempo en que sólo los dioses
reinaban en la Tierra y del catastrófico Diluvio. En los trozos y en los
fragmentos conservados (en otros escritos contemporáneos) de los tres
volúmenes, Beroso daba cuenta específicamente de la existencia de escritos
anteriores a la Gran Inundación -tablillas de piedra que se ocultaron para
salvaguardarlas en una antigua ciudad llamada Sippar, una de las ciudades
originales que fundaran los antiguos dioses.
Aunque Sippar fue arrollada y arrasada por el Diluvio, al igual que el resto de
las ciudades antediluvianas de los dioses, apareció una referencia a los
escritos antediluvianos en los anales del rey asirio Assurbanipal (668-633
a.C). Cuando, a mediados del siglo XIX los arqueólogos descubrieron la antigua
capital asiría de Nínive (hasta entonces, conocida sólo por el Antiguo
Testamento), hallaron en las ruinas del palacio de Assurbanipal una biblioteca
con los restos de alrededor de 25.000 tablillas de arcilla inscritas.
Coleccionista asiduo de «textos antiguos», Assurbanipal hacía alarde en sus
anales:
«El dios de los escribas me ha concedido el don del conocimiento de su arte; he
sido iniciado en los secretos de la escritura; incluso puedo leer las
intrincadas tablillas en sumerio; entiendo las palabras enigmáticas cinceladas
en la piedra de los días anteriores a la Inundación».
Sabemos ahora que la civilización sumeria floreció en lo que es ahora Iraq casi
un milenio antes de los inicios de la época faraónica en Egipto, y que ambas
serían seguidas posteriormente por la civilización del Valle del Indo, en el
subcontinente indio. También sabemos ahora que los sumerios fueron los primeros
en plasmar por escrito los anales y los relatos de dioses y hombres, de los
cuales todos los demás pueblos, incluidos los hebreos, obtuvieron los relatos
de la Creación, de Adán y Eva, Caín y Abel, el Diluvio y la Torre de Babel; y
de las guerras y los amores de los dioses, como se reflejaron en los escritos y
los recuerdos de los griegos, los hititas, los cananeos, los persas y los
indoeuropeos. Como atestiguan todos estos antiguos escritos, sus fuentes fueron
aún más antiguas; algunas descubiertas, muchas perdidas.
El volumen de estos primitivos escritos es asombroso; no miles, sino decenas de
miles de tablillas de arcilla se han descubierto en las ruinas del Oriente
Próximo de la antigüedad. Muchas tratan o registran aspectos de la vida
cotidiana, como acuerdos comerciales o salarios de los trabajadores, o
registros matrimoniales. Otros, descubiertos principalmente en las bibliotecas
palaciegas, conforman los Anales Reales; otros más, descubiertos en las ruinas
de las bibliotecas de los templos o en las escuelas de escribas, conforman un
grupo de textos canónicos, de literatura sagrada, que se escribieron en lengua
sumeria y se tradujeron después al acadio (la primera lengua semita) y, más
tarde, a otras lenguas de la antigüedad. E, incluso, en estos escritos primitivos,
que se remontan a casi seis mil años, encontramos referencias a «libros»
(textos inscritos en tablillas de piedra) perdidos.
Entre los hallazgos increíbles (pues decir «afortunados» no transmitiría
plenamente la idea de milagro) realizados en las ruinas de las ciudades de la
antigüedad y en sus bibliotecas, se encuentran unos prismas de arcilla donde
aparece información de los diez soberanos antediluvianos y de sus 432.000 años
de reinado, una información a la que ya aludía Beroso. Conocidas como las
Listas de los Reyes Sumerios (y exhibidas en el Museo Ashmolean de Oxford,
Inglaterra), sus distintas versiones no dejan lugar a duda de que los
compiladores sumerios tuvieron acceso a cierto material común o canónico de
textos primitivos. Junto con otros textos, igualmente antiquísimos,
descubiertos en diversos estados de conservación, estos textos sugieren
rotundamente que el cronista original de la Llegada, así como de los
acontecimientos que la precedieron y la siguieron, había sido uno de aquellos líderes,
un participante clave, un testigo presencial.
Ese testigo presencial de los acontecimientos y participante clave en ellos era
el líder que había amerizado con el primer grupo de astronautas. En aquel
momento, su nombre-epíteto era E.A., «Aquel Cuyo Hogar Es Agua», y sufrió la
amarga decepción de que el mando de la Misión Tierra se le diera a su
hermanastro y rival EN.LIL («Señor del Mandato»), una humillación que no
quedaría suficientemente mitigada con la concesión del título de EN.KI, «Señor de
la Tierra».
Relegado de las ciudades de los dioses y de su espaciopuerto en el E.DIN
(«Edén») para supervisar la extracción de oro en el AB.ZU (África sudoriental),
Ea/Enki fue, además de un gran científico, el que descubrió a los homínidos que
habitaban aquellas zonas. Y, de este modo, cuando se amotinaron y dijeron «¡Ya
basta!» los Anunnaki que trabajaban en las minas, fue él quien pensó que la
mano de obra que necesitaban se podía conseguir adelantándose a la evolución
por medio de la ingeniería genética; y así apareció el Adam (literalmente, «El
de la Tierra», el Terrestre). Como híbrido que era, el Adán no podía procrear;
pero los acontecimientos de los que se hace eco el relato bíblico de Adán y Eva
en el Jardín del Edén dan cuenta de la segunda manipulación genética de Enki,
que añadió los genes cromosómicos extras necesarios para la procreación.
Y cuando la Humanidad, al proliferar, resultó no adecuarse a lo que tenían
previsto los dioses, fue él, Enki, el que desobedeció el plan de su hermano
Enlil de dejar que la Humanidad pereciera en el Diluvio, unos acontecimientos
en los que el héroe humano recibió el nombre de Noé en la Biblia, y Ziusudra en
el texto sumerio original, más antiguo.
Ea/Enki era el primogénito de Anu, soberano de Nibiru, y como tal estaba
versado en el pasado de su planeta (Nibiru) y de sus habitantes. Científico
competente, Enki legó los aspectos más importantes de los avanzados
conocimientos de los Anunnaki a sus dos hijos, Marduk y Nin-gishzidda (que,
como dioses egipcios, eran conocidos allí como Ra y Thot respectivamente). Pero
también jugó un papel fundamental al compartir con la Humanidad ciertos
aspectos de tan avanzados conocimientos, enseñándoles a individuos
seleccionados los «secretos de los dioses».
En al menos dos ocasiones, estos iniciados plasmaron por escrito (tal como se
les indicó que hicieran) aquellas enseñanzas divinas como legado de la
Humanidad. Uno de ellos, llamado Adapa, y probablemente hijo de Enki con una
hembra humana, es conocido por haber escrito un libro titulado Escritos
referentes al Tiempo -uno de los libros perdidos más antiguos. El otro, llamado
Enmeduranki, fue con toda probabilidad el prototipo del Henoc bíblico, aquel
que fue elevado al cielo después de confiar a sus hijos el libro de los
secretos divinos, y del cual posiblemente haya sobrevivido una versión en el
extrabíblico Libro de Henoch.
A pesar de ser el primogénito de Anu, Enki no estaba destinado a ser el sucesor
de su padre en el trono de Nibiru. Unas complejas normas sucesorias, reflejo de
la convulsa historia de los nibiruanos, le daba ese privilegio al hermanastro
de Enki, Enlil. En un esfuerzo por resolver este agrio conflicto, Enki y Enlil
terminaron en una misión en un planeta extraño -la Tierra-, cuyo oro
necesitaban para crear un escudo que preservara la cada vez más tenue atmósfera
de Nibiru. Fue en este marco, complicado aún más con la presencia en la Tierra
de su hermanastra Ninharsag (la oficial médico jefe de los Anunnaki), donde
Enki decidió desafiar los planes de Enlil de hacer que la Humanidad pereciera
en el Diluvio.
El conflicto siguió adelante entre ambos hermanastros, e incluso entre sus
nietos; y el hecho de que todos ellos, y especialmente los nacidos en la
Tierra, se enfrentaran a la pérdida de longevidad que el amplio período orbital
de Nibiru les proporcionaba incrementó aún más las angustias personales y
agudizó las ambiciones. Y todo esto culminó en el último siglo del tercer
milenio a.C, cuando Marduk, primogénito de Enki con su esposa oficial, proclamó
que él, y no el primogénito de Enlil, Ninurta, debía heredar la Tierra. El
amargo conflicto, que supuso el desarrollo de una serie de guerras, llevó al
final a la utilización de armas nucleares; aunque no intencionado, el resultado
de todo ello fue el hundimiento de la civilización sumeria.
La iniciación de individuos escogidos en los «secretos de los dioses» marcó los
inicios del Sacerdocio, los linajes de mediadores entre los dioses y el pueblo,
los transmisores de la Palabra Divina a los mortales terrestres. Los oráculos
(interpretaciones de los pronunciamientos divinos) se mezclaron con la observación
de los cielos en busca de augurios. Y a medida que la Humanidad se vio
arrastrada a tomar parte en los conflictos de los dioses, la Profecía comenzó a
jugar su papel. De hecho, la palabra para designar a estos portavoces de los
dioses que proclamaban lo que iba a pasar, Nabih, era el epíteto del hijo
primogénito de Marduk, Nabu, que en nombre de su padre, exiliado, intentó
convencer a la Humanidad de que los signos celestes indicaban la inminente
supremacía de Marduk.
Este estado de cosas llevó a la necesidad de diferenciar entre Suerte y
Destino. Las promulgaciones de Enlil, y a veces incluso de Anu, que siempre
habían sido incuestionables, se veían sujetas ahora al examen de la diferencia
entre NAM (el Destino, como las órbitas planetarias, cuyo curso está
determinado y no se puede cambiar) y NAM.TAR, literalmente, el destino que
puede ser torcido, roto, cambiado (que era la Suerte o el Hado). Revisando y
rememorando la secuencia de los acontecimientos, y el paralelismo aparente
entre lo que había sucedido en Nibiru y lo que había ocurrido en la Tierra,
Enki y Enlil comenzaron a ponderar filosóficamente lo que, ciertamente, estaba
destinado y no se podía evitar, y el hado que venía como consecuencia de
decisiones acertadas o equivocadas y del libre albedrío. Éstas no se podían
predecir, mientras que las primeras se podían anticipar (especialmente, si eran
cíclicas, como las órbitas planetarias; si lo que fue volvería a ser, si lo
Primero también sería lo Último).
Las consecuencias climáticas de la desolación nuclear agudizaron el examen de
conciencia entre los líderes de los Anunnaki y llevaron a la necesidad de
explicar a las devastadas masas humanas por qué había ocurrido aquello. ¿Había
sido cosa del destino, o había sido el resultado de un error de los Anunnaki?
¿Había algún responsable, alguien que tuviera que rendir cuentas?
En las reuniones de los Anunnaki en las vísperas de la calamidad, fue Enki el
único que se opuso a la utilización de las armas prohibidas. De ahí la
importancia que tuvo para Enki explicar a los supervivientes qué había sucedido
en la saga de los extraterrestres que, a pesar de sus buenas intenciones,
habían terminado siendo tan destructores. ¿Y quién, sino Ea/Enki, que había
sido el primero en llegar y presenciarlo todo, era el más cualificado para
relatar el Pasado, con el fin de poder adivinar el Futuro? Y la mejor forma de
relatarlo todo era en un informe, escrito en primera persona por el mismo Enki.
Es cierto que hizo una autobiografía, por lo que se deduce de un largo texto
(pues se extiende al menos en doce tablillas) descubierto en la biblioteca de
Nippur, donde se cita a Enki diciendo:
Cuando llegué a la Tierra, había mucho inundado.
Cuando llegué a sus verdes praderas, montículos y cerros se levantaron a mis
órdenes.
En un lugar puro construí mi hogar, un nombre adecuado le di.
Este largo texto continúa diciendo que Ea/Enki asignó tareas a sus
lugartenientes, poniendo en marcha su Misión en la Tierra.
La Génesis de Eridú
Otros muchos textos, que relatan diversos aspectos del papel de Enki en
los acontecimientos que siguieron sirven para completar el relato de Enki;
entre ellos hay una cosmogonía, una Epopeya de la Creación, en cuyo núcleo se
halla el propio texto de Enki, que los expertos llaman La Génesis de Eridú. En
ellos, se incluyen descripciones detalladas del diseño del Adán, y cuentan cómo
otros Anunnaki, varón y hembra, llegaron hasta Enki en su ciudad de Eridú para
obtener de él el ME, una especie de disco de datos donde se hallaban
codificados todos los aspectos de la civilización; y también hay textos de la
vida privada y de los problemas personales de Enki, como el relato de sus
intentos por conseguir tener un hijo con su hermanastra Ninharsag, sus
promiscuas relaciones tanto con diosas como con las Hijas del Hombre y las
imprevistas consecuencias que se derivaron de todo ello.
El texto del Atra Hasis arroja luz sobre los esfuerzos de Anu por prevenir un
estallido de las rivalidades Enki-Enlil al dividir los dominios de la Tierra
entre ellos; y los textos que registran los acontecimientos que precedieron al
Diluvio reflejan casi palabra por palabra los debates del Consejo de los Dioses
sobre la suerte de la Humanidad y el subterfugio de Enki conocido como el
relato de Noé y el arca, relato conocido sólo por la Biblia, hasta que se
encontró una de sus versiones originales mesopotámicas en las tablillas de la
Epopeya de Gilgamesh.
Las tablillas de arcilla sumerias y acadias, las bibliotecas de los templos
babilónicos y asirios, los «mitos» egipcios, hititas y cananeos, y las
narraciones bíblicas forman el cuerpo principal de memorias escritas de los
asuntos de dioses y hombres. Y por primera vez en la historia, este material
disperso y fragmentado ha sido reunido y utilizado, de la mano de Zecharia Sitchin,
para recrear el relato presencial de Enki, los recuerdos autobiográficos y las
penetrantes profecías de un dios extraterrestre.
Presentado como un texto que hubiera dictado Enki a un escriba escogido, un
Libro Testimonial para ser desvelado en el momento apropiado, trae a la mente
las instrucciones de Yahveh al profeta Isaías (siglo vii a.C):
Ahora ven,
escríbelo en una tablilla sellada,
grábalo como un libro;
para que sea un testimonio hasta el último día,
un testimonio para siempre.
Isaías 30,8
Al tratar del pasado, el mismo Enki percibió el futuro. La idea de que los
Anunnaki, ejercitando el libre albedrío, eran señores de su suerte (así como de
la suerte de la Humanidad) desembocó, en última instancia, en la constatación
de que se trataba de un Destino que, después de todo lo dicho y hecho,
determinaba el curso de los acontecimientos; y, por tanto, como reconocieron
los profetas hebreos, lo Primero será lo Último.
El registro de los acontecimientos dictado por Enki se convierte, así pues, en
el fundamento de la Profecía, y el Pasado se convierte en Futuro.
Palabras de Endubsar, escriba maestro, hijo de la ciudad de Eridú, sirviente
del señor Enki, el gran dios.
En el séptimo año después de la Gran Calamidad, en el segundo mes, en el decimoséptimo
día, fui citado por mi maestro el Señor Enki, el gran dios, benévolo creador de
la Humanidad, omnipotente y misericordioso.
Yo estaba entre los supervivientes de Eridú que habían escapado a la árida
estepa cuando el Viento Maligno se estaba acercando a la ciudad.
Y vagué por el desierto, buscando ramas secas para hacer fuego. Y miré hacia
arriba y he aquí que un Torbellino llegó desde el sur. Tenía un resplandor
rojizo, y no hacía sonido alguno. Y cuando tocó el suelo, salieron de su
vientre cuatro largos pies y el resplandor desapareció. Y me arrojé al suelo y
me postré, pues sabía que era una visión divina.
Y cuando levanté mis ojos, había dos emisarios divinos cerca de mí.
Y tenían rostros de hombres, y sus vestidos brillaban como metal bruñido. Y me
llamaron por mi nombre y me hablaron, diciendo: Has sido citado por el gran
dios, el señor Enki. No temas, pues has sido bendecido. Y estamos aquí para
llevarte a lo alto, y llevarte hasta su retiro en la Tierra de Magan, en la
isla en medio del Río de Magan, donde están las compuertas.
Y mientras hablaban, el Torbellino se elevó como un carro de fuego y se fue. Y
me tomaron de las manos, cada uno de ellos de una mano. Y me elevaron y me
llevaron velozmente entre la Tierra y los cielos, igual que se remonta el
águila. Y pude ver la tierra y las aguas, y las llanuras y las montañas. Y me
dejaron en la isla, ante la puerta de la morada del gran dios. Y en el momento
en que me soltaron de las manos, un resplandor como nunca había visto me envolvió
y me abrumó, y caí al suelo como si hubiera quedado vacío del espíritu de vida.
Mis sentidos vitales volvieron a mí, como si despertara del más profundo de los
sueños, por el sonido de mi nombre al llamarme. Estaba en una especie de
recinto. Estaba oscuro, pero también había un aura. Entonces, la más profunda
de las voces pronunció mi nombre otra vez.
Y, aunque pude escucharla, no hubiera sabido decir de dónde venía la voz, ni
pude ver quién era el que hablaba. Y dije, aquí estoy.
Entonces, la voz me dijo: Endubsar, descendiente de Adapa, te he escogido para
que seas mi escriba, para que pongas por escrito mis palabras en las tablillas.
Y de pronto apareció un resplandor en una parte del recinto. Y vi un lugar
dispuesto como el lugar de trabajo de un escriba: una mesa de escriba y un
taburete de escriba, y había piedras finamente labradas sobre la mesa. Pero no
vi tablillas de arcilla ni recipientes de arcilla húmeda. Y sobre la mesa sólo
había un estilo, y éste relucía en el resplandor como no lo hubiera podido
hacer ningún estilo de caña Y la voz volvió a hablar, diciendo: Endubsar,
hijo de la ciudad de Eridú, mi fiel sirviente. Soy tu señor Enki. Te he
convocado para que escribas mis palabras, pues estoy muy turbado por la Gran
Calamidad que ha caído sobre la Humanidad. Es mi deseo registrar el verdadero
curso de los acontecimientos, para que tanto dioses como hombres sepan que mis
manos están limpias. Desde el Gran Diluvio, no había caído una calamidad tal
sobre la Tierra, los dioses y los terrestres. Pero el Gran Diluvio estaba
destinado a suceder, no así la gran calamidad. Ésta, hace siete años, no tenía
que haber ocurrido. Se podía haber evitado, y yo, Enki, hice todo lo que pude
por impedirla; pero, ¡ay!, fracasé. ¿Y fue hado o fue destino?
El futuro juzgará, pues al final de los días un Día del Juicio habrá. En ese
día, la Tierra temblará y los ríos cambiarán su curso, y habrá oscuridad al
mediodía y un fuego en los cielos por la noche, será el día del regreso del
dios celestial. Y habrá quien sobreviva y quien perezca, quien sea recompensado
y quien sea castigado, dioses y hombres por igual, en ese día se descubrirá;
pues lo que venga a suceder, por lo que ha sucedido será determinado; y lo que
estaba destinado, en un ciclo será repetido, y lo que fue fruto del hado y
ocurrió sólo por la voluntad del corazón, para bien o para mal vendrá a ser
juzgado.
La voz cayó en el silencio; después, el gran señor habló de nuevo, diciendo: Es
por esta razón que contaré el relato veraz de los Principios y de los Tiempos
Previos y de los Tiempos de Antaño; pues, en el pasado, el futuro se halla
oculto. Durante cuarenta días y cuarenta noches, yo hablaré y tú escribirás;
cuarenta será la cuenta de los días y las noches de tu trabajo aquí, pues
cuarenta es mi número sagrado entre los dioses. Durante cuarenta días y
cuarenta noches, no comerás ni beberás; sólo esta onza de pan y agua tomarás, y
te mantendrá durante todo tu trabajo.
Y la voz se detuvo, y de pronto apareció un resplandor en otra parte del
recinto. Y vi una mesa y, sobre ella, un plato y una copa. Y me levan te para
ir allí, y había pan en el plato y agua en la copa.
Y la voz del gran señor Enki habló de nuevo, diciendo: Endubsar, come el pan y
bebe el agua, y te mantendrás durante cuarenta días y cuarenta noches. E hice
como me indicó. Y después, la voz me indicó que me sentara ante la mesa de
escriba, y el resplandor se intensificó allí. No pude ver ninguna puerta ni
abertura donde me encontraba, sin embargo el resplandor era tan fuerte como el
del sol del mediodía.
Y la voz dijo: Endubsar el escriba, ¿qué ves?
Y miré y vi el resplandor que iluminaba la mesa, las piedras y el estilo, y
dije: Veo unas tablillas de piedra, y su tono es de un azul tan puro como el
cielo. Y veo un estilo como nunca antes había visto, su cuerpo no parece de
caña, y su punta tiene la forma de una garra de águila.
Y la voz dijo: Son éstas las tablillas sobre las cuales inscribirás mis
palabras. Por expreso deseo mío, se han tallado del más fino lapislázuli, cada
una de ellas con dos caras lisas. Y el estilo que ves es la obra de un dios, el
cuerpo está hecho de electro y la punta de cristal divino. Se adaptará
firmemente a tu mano, y te será tan fácil grabar con él como marcar sobre
arcilla húmeda. En dos columnas inscribirás la cara frontal, en dos columnas
inscribirás el dorso de cada tablilla de piedra. ¡No te desvíes de mis palabras
y mis declaraciones!
Y hubo una pausa, y yo toqué una de las piedras, y sentí su superficie como una
piel lisa, suave al tacto. Y tomé el estilo sagrado, y lo sentí como una pluma
en mi mano.
Y, después, el gran dios Enki comenzó a hablar, y yo empecé a escribir sus
palabras, exactamente como las decía. A veces, su voz era fuerte; a veces, casi
un susurro. A veces, había gozo u orgullo en su voz; a veces, dolor o angustia.
Y cuando una tablilla quedaba inscrita en todas sus caras, tomaba otra para
continuar.
Y cuando fueron dichas las últimas palabras, el gran dios se detuvo, y pude
escuchar un gran suspiro. Y dijo: Endubsar, mi sirviente, durante cuarenta días
y cuarenta noches has anotado fielmente mis palabras. Tu trabajo aquí ha
terminado. Ahora, toma otra tablilla, y en ella escribirás tu propia
atestación; y al final de ella, como testigo, márcala con tu sello; y toma la
tablilla y ponla junto con las otras en el cofre divino; pues, en el momento
designado, los escogidos vendrán hasta aquí y encontrarán el cofre y las
tablillas, y sabrán todo lo que yo te he dictado a ti; y que el relato veraz de
los Principios, los Tiempos Previos, los Tiempos de Antaño y la Gran Calamidad
será conocido en lo sucesivo como Las Palabras del Señor Enki. Y habrá un Libro
de Testimonios del pasado, y un Libro de dicciones del futuro, pues el futuro
en el pasado se halla, y lo primero también será lo último.
Y hubo una pausa, y tomé las tablillas y las puse una a una en el orden
correcto dentro del cofre. Y el cofre estaba hecho de madera de acacia con
incrustaciones de oro en el exterior.
Y la voz de mi señor dijo: Ahora, cierra la tapa del cofre y fija el cierre. E
hice como se me indicó.
Y hubo otra pausa, y mi señor Enki dijo: Y en cuanto a ti, Endubsar, con un
gran dios has hablado y, aunque no me has visto, en mi presencia has estado.
Por tanto, estás bendecido, y serás mi portavoz ante el pueblo. Los amonestarás
para que sean justos, pues en ello estriba una buena y larga vida. Y los
confortarás, pues en el plazo de setenta años se reconstruirán las ciudades y
las cosechas volverán a crecer. Habrá paz, pero también habrá guerras. Nuevas
naciones se harán poderosas, reinos se elevarán y caerán. Los dioses de antaño
se apartarán, y nuevos dioses decretarán los hados. Pero al final de los días
prevalecerá el destino, y ese futuro se predice en mis palabras acerca del
pasado. De todo ello, Endubsar, a la gente le hablarás.
Y hubo una pausa y un silencio. Y yo, Endubsar, me postré en el suelo y dije:
Pero, ¿cómo sabré qué decir?
Y la voz del señor Enki dijo: Habrá señales en los cielos, y las palabras que
tengas que pronunciar vendrán a ti en sueños y en visiones. Y, después de ti,
habrá otros profetas escogidos. Y al final, habrá una Nueva Tierra y un Nuevo
Cielo, y ya no habrá más necesidad de profetas.

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